Viajar para recordar quiénes somos: una travesía al Norte que transformó el corazón

Dicen que los viajes son un espejo: revelan lo que ya sabíamos sin saberlo, despiertan lo que dormía en el alma y nos muestran, sin filtros, aquello que somos capaces de sentir.
Y este recorrido hacia el Norte de México fue exactamente eso: un recordatorio de humanidad, de comunidad y de la belleza que se abre cuando viajamos sin prisa.

Este viaje nació, como tantos de mis caminos, de la relación con un grupo que llevo varios años acompañando. Cinco parejas norteamericanas que vuelven a México una y otra vez, no para coleccionar destinos, sino para conectar con la esencia del país. Al principio llegué a ellos gracias a una amiga en común. Con el tiempo se hicieron mis viajeros favoritos, luego mis amigos, y hoy los siento como familia.
Ellos viajan para inspirarse, para escuchar el pulso profundo del territorio, para reencontrarse con la hospitalidad y la fuerza del pueblo mexicano. Yo viajo con ellos para recordar cómo se vive con atención, con apertura, con gratitud.

Esta vez elegimos un destino que exige entrega: las Barrancas del Cobre, ese universo de montañas que no se visitan, sino que se atraviesan con respeto. Una región donde la Sierra Madre Occidental se vuelve laberinto de abismos verdes, hogares Rarámuri dispersos, misiones centenarias y caminos que revelan la resistencia de sus pueblos.

El punto de partida fue El Fuerte, en el norte de Sinaloa: un pueblo colonial fundado en el siglo XVI, con casonas restauradas, calles anchas y un ambiente que mezcla historia indígena y herencia española. Ahí, a la orilla del río y bajo el ritmo pausado del pueblo, nos preparamos para embarcarnos en el mítico Chepe Express, quizá uno de los trenes más hermosos del continente.

Cuando el tren partió, la Sierra comenzó a desplegarse en una secuencia casi cinematográfica: barrancos profundos, túneles tallados en roca, puentes suspendidos sobre la nada, montañas que cambian de vegetación como si pasaran las páginas de un libro vivo. Horas después, las Barrancas del Cobre —seis veces más grandes que el Gran Cañón— se abrieron frente a nosotros con su vasta geología de cobre, verde y tierra roja.

En Divisadero, las mujeres Rarámuri nos recibieron con artesanías hechas a mano: fibras trenzadas, colores que cuentan historias, miradas que resisten. Una ráfaga de viento helado anunció que estábamos entrando en un territorio donde la montaña manda.
Al llegar al Hotel Mirador, literalmente colocado sobre el borde del acantilado, el mundo pareció detenerse. Desde las terrazas vimos un atardecer que convirtió a la sierra en un templo de luz: bronce, púrpura, rojo profundo. Fue imposible no sentir la pequeñez y la grandeza al mismo tiempo.

Durante los días siguientes recorrimos la zona a pie y en teleférico. Caminamos hacia comunidades donde aún se habita en cuevas y pequeños asentamientos esparcidos por la montaña. Con familias Rarámuri compartimos pan, historias y esa serenidad que nace cuando la vida se vive cerca de la tierra.
El silencio de la sierra no es vacío: es maestro. Uno aprende a escuchar.

El descenso hacia Batopilas, uno de los pueblos mineros más antiguos y aislados de México, nos llevó por un camino estrecho que baja casi 2,000 metros en pocas horas. Fue un tramo intenso, no solo por la verticalidad del terreno: a media bajada las balatas del vehículo fallaron y el miedo nos atravesó de golpe.
Y sin embargo, como tantas veces ocurre en México, la respuesta llegó a través de la comunidad. Martín, un amigo del pueblo, subió a auxiliarnos con alegría y cariño. Al llegar a Batopilas, el susto había quedado atrás, reemplazado por la gratitud. Caminamos sus calles de arquitectura porfiriana, escuchamos relatos de su pasado minero y, por la noche, Martín nos regaló una cena llena de complicidad y música bajo las estrellas.
Esos momentos —los no planeados— son los que hacen que un viaje sea real.

En los alrededores visitamos la Misión de Satevó, una joya arquitectónica del siglo XVIII perdida en medio del paisaje. Sus muros ocres, su soledad absoluta y su historia jesuita invitan a la contemplación. Más tarde, almorzamos a la orilla del río Batopilas, donde la corriente se llevaba nuestras palabras mientras la montaña nos envolvía como un manto antiguo.

La ruta continuó hacia Creel, donde el paisaje cambia bruscamente: bosques de pino, lagos fríos, formaciones rocosas que parecen esculturas naturales. Ahí visitamos la misión de Cusarare y un pequeño museo impulsado por un cura belga visionario, que durante años rescató y protegió arte sacro Rarámuri. Fue un encuentro con la belleza, pero también con la fragilidad cultural de los pueblos originarios.

Otro de los momentos más significativos ocurrió en un internado escolar Rarámuri, donde niños y niñas viven durante la semana para poder estudiar. Compartimos juegos, entregamos materiales y frutas, y recibimos a cambio sonrisas profundas que desarman cualquier postura adulta.
La sencillez de ese encuentro tocó a todo el grupo de una manera que ningún atractivo turístico podría lograr.

El trayecto final nos llevó a Chihuahua capital, donde la elegancia del centro histórico contrasta con la fuerza árida del paisaje que la rodea. Fue ahí donde la vida nos recordó su fragilidad: uno de los viajeros sufrió una embolia cerebral. La urgencia nos apretó el pecho; la humanidad nos unió. Él fue atendido inmediatamente y se recuperó. Yo me quedé unos días más para acompañarlos, sostener, estar.
A veces, el viaje ofrece pruebas que solo se superan juntos.

Cuando finalmente nos despedimos, entendí que esta travesía había dejado una huella mucho más profunda que los paisajes.

El Norte nos enseñó que viajar no es moverse: es abrirse.
Que los vínculos se fortalecen cuando la vulnerabilidad entra en escena.
Que la naturaleza tiene una voz que solo se escucha despacio.
Que la cultura viva de los pueblos es un tesoro que merece cuidado.
Y que el turismo, cuando se practica desde la presencia, puede ser un acto de regeneración.

Viajar con este grupo, año tras año, me recuerda por qué hago lo que hago:
porque los viajes pueden sanar, inspirar, conectar;
porque pueden devolvernos al corazón;
porque pueden reconciliarnos con la vida misma.

Ellos vienen a México a recargar el alma.
Y cada año, sin saberlo, me ayudan a recargar la mía.